No tenía grandes planes para el día, más allá de lo habitual. Mi hija no tenía clases y me pidió que la llevara a comprar unos adornos para decorar el cuarto, una amiga que cumplía años vendría a casa, y querían prepararle una sorpresa. Mi hija se levantó tarde, estaba apurada y le dije que cambiara la cara porque lucía tensa. Mientras esperábamos el cambio de luz en un semáforo, sentí un impacto en la parte trasera de mi carro, un joven me había chocado, al menos, nos había golpeado. Me bajé para revisar, pero no había sido nada serio, así que continuamos. Al subir al auto, en broma y en serio, le pedí a mi hija que subiera su vibración.
La tienda está a pocos minutos de nuestra casa, llegamos y no había estacionamiento, dejé a mi hija y di una vuelta. Le escribía para saber cómo iba porque mi esposo acababa de llamarme para decirme que ya estaba en casa y que teníamos que ir a una mueblería a ver una mesa. Entonces recordé que no le había escrito a la vendedora, quien debía estar presente porque se trataba de un reemplazo. Me respondío que no había ido a trabajar y prefería que fuéramos cuando ella estuviera. Pensé en ir de todas formas, gracias a Dios no lo hicimos porque el sismo nos hubiese agarrado fuera de casa.
Al llegar a la casa, se lo comenté a mi esposo y él dijo: «Vamos el lunes». Estábamos en el cuarto cuando, de pronto, sentimos algo extraño, como una sacudida. De inmediato comprendimos que estaba temblando. Corrí al cuarto de mi hija, la llamé con fuerza y le dije que estaba temblando. Corrimos hacia la terraza. Vivimos en un edificio, el piso 33, por lo que bajar no era una opción. Mientras subíamos la escalera, las paredes producían un ruido fuerte y extraño; todo se movía y perdíamos la estabilidad al caminar. En la terraza nos resguardamos junto a la columna central. Los cuatro nos abrazamos para sostenernos mientras el edificio se balanceaba con fuerza de lado a lado. Sentí miedo y terror; muchas cosas pasaron por mi cabeza. Recordé el edificio que se había desplomado en Miami hace unos años y me pregunté si solo el nuestro se estremecía. Miraba la ciudad y veía que todo seguía en pie, hasta que observé un edificio cercano moviéndose de lado a lado. Eso confirmó que, efectivamente, era un sismo. Sabía que la magnitud debía rondar los 7 grados porque en nuestro edificio casi no se sienten los movimientos de menor intensidad; uno de 6,2 apenas se percibe como un movimiento leve. Esto era diferente, era horrible, parecía aumentar y no terminaba. Me preguntaba cuánto tiempo resistiría nuestro edificio. Empecé a invocar a Dios: «Para esto, Dios mío, para esto. Cuídanos, protégenos». Pensaba que, dondequiera que estuviera el epicentro, la situación debía ser terrible y destructiva. Lo que desconocía en ese momento era que se encontraba en Azuero, la región donde viven mi madre y mis hermanas.
Cuando cesó el movimiento, los teléfonos comenzaron a sonar. Yo no tenía el mío porque, al subir, lo había dejado en la mesita de noche; porque en ese momento no pensé en nada más que en buscar a mi hija y llegar a la terraza. Despues del sismo, fueron minutos de angustia porque mi familia en Chitré no contestaban. Poco a poco comenzaron a llegar los mensajes: «Estamos bien», y el alma nos volvió al cuerpo. Todos nuestros familiares y amigos estaban a salvo. La ciudad se mantuvo en pie, pero no ocurrió lo mismo con muchas viviendas del interior del país, donde se concentra una menor parte de la población. Mi tierra natal El Piro sufrió daños graves, la mayoría de las casas resultaron afectadas y muchas familias lo perdieron casi todo. Es muy triste y produce una enorme impotencia contemplar tanta devastación; al mismo tiempo, siento un agradecimiento infinito porque nosotros estuvimos a salvo. Haber estado todos juntos en ese momento fue un gran alivio. Permanecimos en la terraza durante casi dos horas. Nosotros no bajamos, aunque algunos vecinos sí lo hicieron. Las réplicas no cesaban, la mayoría eran leves, pero, de pronto, una fuerte volvió a estremecer el edificio. Después de esa decidimos bajar. Descendimos 35 pisos por las escaleras y permanecimos casi dos horas frente al edificio, en un área verde donde nos sentíamos seguros. Luego subimos y nos mantuvimos atentos, alertas y muy asustados. De la misma manera estaban nuestras familias en el interior del país, en Azuero, casi en vigilia, porque las réplicas continuaban. A las 11:00 p. m. se produjo otra fuerte y volvimos a la terraza. Vivíamos de sobresalto en sobresalto. Yo tenía mucho sueño y estaba mentalmente agotada. Mi hija de 17 años nos dijo que prefería que fueramos a dormir, igual las réplicas no se detendrían. Sabía que tenía razón y así lo hicimos.
Algunos amigos nos ofrecieron sus casas, pero realmente nos sentíamos seguros en nuestro apartamento y confiábamos en que las réplicas seguirían disminuyendo de intensidad, como en efecto ocurría. Cerca de la medianoche me acurruqué en mi cama, abracé a mi esposo, mi almohada y di gracias a Dios por protegernos y mantenernos a salvo. Confié en que todo estaría bien y, en ese momento, no sentí temor. Me dormí y logré descansar sin interrupciones hasta las 5:45. A esa hora, desde mi habitación, contemplé la ciudad todavía en pie y el sol asomándose sobre el mar. Sentí una profunda emoción y una gratitud infinita por estar viva, por la grandeza de Dios en nuestras vidas y porque nos cobijó con sus alas protectoras. Todo estaba bien a nuestro alrededor. Lloré, lágrimas de gratitud. Sabía que en el interior del país la historia era muy distinta, pero en ese momento solo podía decir: «Gracias, Dios mío».
Ruego que los días pasen rápido, y las réplicas cesen, debe ser cuestión de tiempo esta sensación extraña que me abruma, todo se mueve, aunque yo esté quieta. Los ruidos, cualquier objeto que cae, me alteran los sentidos. Estoy más sensible que nunca. Sé que hay que volver a las actividades, seguir, retomar la vida, pero la sensación no se va. He leído que es completamente normal y válida después de semejante evento.
Bañarse se ha vuelto un acto de valentía. Me siento más segura cuando todos están en casa, aunque sé que no podemos vivir así para siempre. Y, aun así, no puedo dejar de pensar en las familias del interior que lo perdieron todo, que vieron derrumbarse ante sus ojos una parte de su vida. Lo nuestro fue susto, nerviosismo; lo de ellos es otra realidad, empezar de cero, esperar ayuda, sostenerse como puedan. Muy triste porque ya vivían en condiciones muy limitadas.
Como familia, hemos buscado la manera de apoyar con donaciones. Mis hermanas han ido a algunas áreas de Los Pozos a ofrecer un grano de arena, un gesto, una mano. Dios las bendiga por su solidaridad.